Accéder au contenu principal
Catégorie
Date

“¿Qué belleza salvará al mundo?”

Seguimos a un Dios que eligió hacerse niño frágil en un pueblo perdido de Israel. Que tocó lo “impuro”, caminó descalzo y se hizo amigo de pecadores. Que, por amar hasta las últimas consecuencias, fue desfigurado y muerto en una cruz. Y que decidió quedarse, de manera privilegiada, en un pan quebradizo y en el hermano más roto.

A ese seguimos. ¡Él es nuestro Salvador!

Quizás tú también te has preguntado alguna vez dónde está Dios frente a tanto dolor, injusticia, guerra y desastre ecológico. Es la misma pregunta del salmista: “¿Es que Dios se ha olvidado de su promesa y no se acuerda ya de nosotros?” (cf. Sal 77). Y justo ahí, con paciencia, Dios nos vuelve a hablar desde su Evangelio, vivo aunque parezca escondido, y nos dice: “Estoy aquí… ¿Es que no me ven?”.

En algunos lugares su voz queda ahogada entre tanta prisa, tanto ruido y tantos “bienes”. En otros, en cambio, es imposible callarla: su presencia parece llamarnos a gritos. Esos lugares son escuelas de humanidad, donde el Reino de Dios crece como la semilla escondida bajo tierra: en silencio, en lo pequeño y cotidiano, pero sin detenerse.

Uno de esos lugares es Caracolí, un barrio periférico entre los cerros del sur de Bogotá. Nació con familias desplazadas por la violencia, que levantaron casas precarias sobre laderas irregulares buscando una vida más digna. Hoy lo golpean la inseguridad, el microtráfico, el reclutamiento de niños y jóvenes, las “limpiezas sociales” y el sinsentido. Pocos lo conocen, muchos evitan acercarse y, cuando aparece en las noticias, suele ser por la delincuencia.

Pero en medio de esa realidad tan dura bulle una vida llena de matices y colores. Hay familias con valores hondos, golpeados pero persistentes. Se tejen redes de cuidado y de valentía. Y van creciendo, casi sin hacer ruido, pequeños y resilientes espacios de salvación.

Como Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús, tenemos el privilegio de ser testigos de esta gracia. Acompañamos una Fundación que trabaja por el desarrollo integral de la comunidad a través de la educación no formal, con especial atención a las personas con discapacidad y a los adultos —sobre todo mujeres— que quedaron fuera del sistema educativo y laboral. Allí se encuentran personas de distintas edades, razas y condiciones, que aprenden a reconocerse y valorarse mutuamente.

Y allí, cada día, suceden “milagros” para quien quiera verlos. De esos que te ensanchan el corazón y te dejan con asombro, porque solo pueden venir de Dios. Te cuento algunos (los nombres están cambiados, pero las historias son reales).

Está el milagro de David, un “adolescente problemático” que pasa mucho tiempo solo en la calle y tiene una conducta bastante impulsiva. En la Fundación encontró un lugar de pertenencia, al que vuelve cada vez que necesita cuidado y compañía. Pero cuando llega no pide ayuda: ofrece su servicio. Y regala su enorme sonrisa, con una ternura especial, a los participantes con mayores limitaciones físicas y psíquicas.

Está el milagro de Joana, una mujer adulta que durante años estuvo convencida de que no era capaz de aprender. El día que logró escribir su nombre por primera vez, empezó a desplegar una vida y unas capacidades impresionantes. Hoy cursa la Primaria oficial, tiene un pequeño emprendimiento de costura y se ha convertido en una lideresa entusiasta que anima a otras mujeres a salir adelante.

Está el milagro de Mariana, una joven con una enfermedad neurológica degenerativa que comparte con su hermano. Terminó el bachillerato con más de 30 años y hoy defiende con pasión el valor de las personas con discapacidad, alentándolas con su palabra, su ejemplo y su sonrisa.

Y está el milagro de tantas madres con hijos con discapacidades severas, a quienes aman con una ternura entrañable. Viven lejos de los medios y recursos que necesitarían, en una situación de extrema vulnerabilidad. Aun así, llegan a la Fundación con una sonrisa y un “gracias”, y no bajan los brazos a la hora de emprender algo que mejore su situación, a pesar de la soledad y de sus enormes límites.

La lista podría seguir sin fin: personas frágiles y valiosísimas que, con sus gestos, transparentan la presencia de Dios y nos acercan su Reino.

Dostoyevski escribió en El idiota que “la belleza salvará al mundo”. Pero, ¿qué belleza? Para mí es esta: la de los pequeños gestos de ternura de quienes, sin calcular y sin detenerse en su pobreza, salen de sí mismos para amar en lo concreto. No aman “a pesar de su pobreza”, sino desde ella. No esperan reconocimiento, ¡y hasta se sorprenden cuando lo reciben! No necesitan que el contexto cambie para ponerse manos a la obra: simplemente hacen lo que sí está en sus manos para que este mundo sea un poco más bonito.

Sin saberlo, se hacen eco del modo de Dios, cuya fuerza se manifiesta en la debilidad (cf. 2 Cor 12,9). Y nos revelan que la salvación no se alcanza huyendo de la fragilidad, sino acogiéndola, abrazándola y aprendiendo de ella y con ella.

Como vida consagrada, nos toca caminar con ellos: sostener, tender puentes, ofrecer algunas herramientas, recordarles su dignidad, rezar juntos. Pero, sobre todo, aprender y agradecer.

Aprender la fuerza que tienen el amor y la esperanza en medio de tanta fragilidad. A no calcular tanto y simplemente dar. A «mirar el mundo desde abajo, con los ojos de quien sufre», como nos invita el papa León XIV en Magnifica humanitas, para leer la historia desde la viuda, el huérfano, el extranjero, el niño herido y el exiliado. Aprender, en definitiva, a ser humanos y hermanos.

Y aprenderlo para todo: para cualquier lugar donde Dios nos invite a servirlo, para nuestra vida en comunidad, frente a la disminución numérica que tanto nos preocupa y ante cualquier límite que la vida nos ponga delante. Para asumirlo con otra lógica: más humilde, más humana, más fraterna, más de Dios.

Y agradecer su testimonio perseverante y audaz, cotidiano y resistente, sencillo y silencioso, que tanto bien nos hace. Un testimonio que nos recuerda una y otra vez dónde y cómo eligió Dios encarnarse para salvarnos. Y que nos empuja, desde esa certeza, a salir una vez más a buscarlo y a anunciarlo.

Para seguir pensando

  • ¿Quién es, a tu alrededor, esa persona frágil que sin saberlo te está mostrando a Dios?
  • ¿Qué cambiaría en tu vida si dejaras de ver la fragilidad como un obstáculo y empezaras a verla como un lugar de encuentro? ¿Te animas a mirar así esta semana?
Auteur
Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús (ACI)

Cela pourrait vous intéresser...