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Siguiéndote aprendiendo de los pobres

Elegimos para nuestra vida lo que generalmente “intuimos” que por allí y de ese modo está lo que nos hará felices. En realidad, la felicidad está ya dentro de nosotros cuando damos sentido a lo que vivimos, en el día a día.

Acabamos de vivir el tiempo de Navidad, y es hermoso contemplar, en el Nacimiento (Lc 2, 18-21) el movimiento de los pastores que corren hacia Belén y que cuentan en el pesebre, lo que les habían dicho del Niño. La Palabra todavía “no habla”, pero deja que sus amigos, los pobres, lo anuncien y hablen de Él. También a nosotros, los misioneros, pobres en nuestra condición humana, el Señor nos deja proclamarlo, confiándonos los misterios de su Hijo. Y es muy desafiante, al mismo tiempo, ver cómo “los que no cuentan”, poseen una sabiduría que “desarma” las nuestras. Los pobres, no tienen todo lo que el mundo consumista pide, pero pueden poseer el modo de pensar de Dios.

Una vez visitaba un barrio humilde de un pueblo (en Formosa, Argentina), y me encontré con una señora que me dijo que en su casa tenía un “tesoro” que Dios le había mandado, y que yo debía pasar a conocerlo. Se trataba de un hijo que   sufría de hidrocefalia. Para ella no era un peso, ni una molestia, sino una alegría inmensa poder tenerlo todos los días con ella. Esta señora estaba bien motivada por el amor a su hijo, más allá de la dificultad que implicaba la enfermedad. Yo, que pensaba de ir a consolarla, me sentí edificada por la entereza y confianza de esa mujer, en la vida, en Dios. Y es que en mi vida de religiosa misionera aprendo de los más pobres, a encontrar el sentido profundo de lo que estoy llamada a vivir, como Jesús, caminando siempre en su compañía. Me recuerdo de Eddy, un joven liberiano, que, a causa de la guerra civil, había quedado afectado mentalmente por las drogas. En años pasados había sido un estudiante universitario. Contaba con una hermana, que a pesar de que lo cuidaba, no podía retenerlo en casa. Eddy se paseaba siempre por las calles del pueblo, como un vagabundo insatisfecho. Se dejaba crecer su cabellera, y en él colgaba los lapiceros que la gente le daba para escribir. Entraba por el patio del Colegio, entre las plantas de cocos, que lindaba con la cocina de nuestra casa. No podía evitar atisbar por la ventana de la misma, para pedir algo de comer. Ese día, era mi turno de cocina, y tenía apuro. Eddy, se puso, como de costumbre, apoyado el mentón en la ventana, mirando el refrigerador, me dice, en un perfecto inglés; ¿Será que hay algo de comer allí, para mí? _No hay nada- respondí con afán-  Quizás, si miras, encuentras algo…- Sé lo que hay allí…respondí- ¿Acaso no tienes una hermana que cuida de ti? – y Eddy me responde- Tú eres mi hermana! Esta frase, me despertó de mi letargo, como si Dios mismo me hablara.

Actualmente me encuentro con el pueblo originario quechua, en el altiplano boliviano. La cosmovisión de este pueblo ancestral en el que todo tiene vida, y por lo tanto, importa mucho el modo en que nos relacionamos con el cosmos, la naturaleza, los hermanos. Un mundo, en el que se mira la realidad no para explotar y sacar provecho, sino para cuidar lo que es parte de uno mismo: pedir permiso a la Pachamama, antes de sembrar, dejarla descansar un mes, y agradecer con los ritos por sus frutos. Todo es un regalo precioso de Dios en mi vida. 

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