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Salir de las fronteras para abrirnos a un horizonte mayor

Hace ocho años que mi congregación me envió a África central, concretamente en medio de la selva tropical de Camerún y desde entonces puedo decir que esta misión ha cambiado y transformado radicalmente mi vida. Cambiar de referencias culturales, geográficas o religiosas ha supuesto para mí un gran giro. Y aunque no toda África es igual, este continente tiene algo que, sin saber muy bien cómo explicarlo, te deja impronta y te atraviesa para siempre.

            Creo que una de las experiencias más bonitas de la vida es el poder pasar de espacios seguros a otros desconocidos, desconcertantes y dónde la estabilidad muchas veces brilla por su ausencia, porque es ahí dónde estamos más abiertos a acoger a un Dios que es capaz de sorprendernos allí dónde menos esperamos.

            La población camerunesa es muy resiliente, de hecho, el lema del que todo camerunés se enorgullece (y que todo el mundo te repite cada vez que algo te parece difícil de hacer) es que “l’impossible n’es pas camerounais”, y aunque quizás se les haya ido de las manos esta afirmación, es cierto que todo es posible cuando se trabaja con otros, cuando se entiende el mundo, el trabajo, la educación, la salud, como responsabilidad de todos y cuando somos capaces de dejar nuestros protagonismos y centralismos para pasar a hacer equipos de trabajo, porque, es así como “ganamos todos”. Esto lo he experimentado con fuerza y estoy firmemente convencida de que no existe otro camino para que todos crezcamos, que haciéndolo juntos.

            En la selva tropical todo pasa lentamente, lo que en otras coordenadas del mundo haríamos en un breve espacio de tiempo, allí todo se enlentece y se consigue a través de largos procesos. Esto me ha hecho entender que lo importante no son tanto los comienzos (que son siempre pequeños), ni los finales (que a veces no son lo que esperábamos), si no lo que pasa en medio, lo que ocurre poco a poco y cada día, la espera, la paciencia, la incertidumbre, el darte cuenta que gran parte de lo que sucede no depende de ti, y que, como en las parábolas del evangelio, la semilla crece independientemente de lo que nosotros podamos hacer.

            Estar en medio del pueblo camerunés, dónde conviven en diálogo religiones y concepciones de la vida muy diferentes, me ha ayudado a comprender (en palabras de Sta. Rafaela María), que “estamos en este mundo como en un gran Templo”, porque lo transcendente, lo sagrado, forma parte de nuestra condición humana. Cada uno de nosotros hemos sido creados para buscar un significado más profundo de nuestra vida, para conectar con algo más grande que uno mismo. Entender esto me ayudó a conectar con ese anhelo profundo de Dios para encontrarle vivo y presente en medio del pueblo, de los pequeños, de los predilectos.

            En estos ocho años me he dado cuenta de lo poco que necesitamos para ser feliz, que basta con gozar de las cosas sencillas y a veces imperceptibles, (porque en éstas, se encuentra Dios encarnado y presente) y de lo necesario que es saber adaptarte y relativizar, pues pocas cosas son realmente importantes, y a veces hacemos una montaña de un grano de arena.

            En Camerún aprendí también que lo que a simple vista parecen barreras infranqueables (culturales, lingüísticas, raciales…) pueden transformarse en puentes de unión a través del diálogo, la acogida de lo diferente y la certeza de que lo que no conocemos puede enriquecernos y hacernos mejores personas.

            En mi trabajo como médico en el centro de salud dónde trabajaba comprendí que las palabras oportunas (a veces en un francés españolizado con el que ni yo misma me aclaraba), los gestos de cercanía, la verdad expresada con cariño y empatía ante el diagnóstico de una enfermedad terminal, el trato digno y delicado, el cuidado de lo pequeño y de los pequeños, el profesionalismo (aun sin muchos medios), el mostrar lo que no sabía o no estaba a mi nivel de conocimientos … curaban más que muchos medicamentos o pruebas. Esto no significa que no hubiera que tratar a los pacientes, o hacer todo lo posible a nivel de intervención médica, pero sin humanización, nada de lo que pudiéramos hacer tenía sentido.

            Muchísimas veces me he sentido frustrada, impotente e impostora, sobre todo al inicio, creo que es porque pensaba que podía “salvar” vidas o cambiarlas. ¡Y qué equivocada estaba! En todo este tiempo vivido allí, entendí que, en la mayoría de los casos que veía cada día, mi intervención debía centrarse en el cuidado y en el acompañamiento, porque cambiar, probablemente no iba a cambiar nada, y salvar, solo Dios podía hacerlo (y a su modo, no cómo a mí me gustaba o esperaba).

            En mi misión de cada día me encontré cara a cara con situaciones que desbordaban lo que yo consideraba casi imposible, lo que los libros de medicina no cuentan, lo que los estudios consideran como situaciones “no viables”, situaciones de dolor y de “fracturas” francamente irreparables a mis ojos y a mis conocimientos, pero que eran sobrellevadas con una fortaleza y una dignidad que superaban todos mis esquemas y razonamientos. De estas situaciones aprendí que siempre hay una vía para la esperanza y que realmente la muerte no tiene la última palabra.

            El carisma de mi Congregación es la “reparación”:  reparar lo roto, las fracturas de nuestro mundo, crear puentes de reconciliación, levantar, educar, sanar, acompañar y cuidar. Estoy segura de que, en estos ocho años vividos en medio de la selva tropical, Dios reparó muchas cosas a través de la misión, del encuentro con otros, del trabajo realizado en equipo, de la oración compartida, de la vida comunitaria sencilla, de las carencias materiales y la abundancia de humanidad.

            Y en este proceso de reparación, yo también fui reparada, en mí también fue, Dios y la realidad, haciendo un proceso de ir “arreglando” ciertas cosillas que no tenía encajadas, como ese deseo de poderlo todo o de controlarlo todo, o la impaciencia para hacer proceso, o mi falta de acogida de los límites propios y ajenos, e incluso ese orgullo que en tantas ocasiones me ha impedido ceder o acoger otras maneras de pensar, de actuar, de hacer las cosas.

            Sé que es trabajo para toda la vida, pero sé también, por propia experiencia, que Dios trabaja y actúa en las personas y a través de las circunstancias que vivimos, por eso, creo firmemente que, salir de nuestras fronteras (geográficas, ideológicas, culturales…) nos sanan y nos abren a un horizonte mayor dónde la vida tiene un mayor sentido y dónde podemos entregarnos más y amar más.

            Crear puentes, acercarnos a lo distinto, acoger otros modos y formas, puede ser de lo más sanador. Trabajar por construir un mundo más inclusivo, dónde todos tengan espacio para ser en autenticidad, nos hace más humanos y humildes. Ojalá que este tiempo pasado en África me ayude a construir más, a incluir más, y a amar más la diversidad que somos.

¿Te has sentido alguna vez llamado/a a salir de tu zona de confort para descubrir algo nuevo sobre ti mismo/a y sobre Dios?

¿Qué "fronteras" (culturales, personales, espirituales) te gustaría cruzar en tu propia vida para crecer y servir mejor a otros?

Author
Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús (ACI)

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