
De retiro en silencio a Borneo: historias de una llamada
Mirando atrás después de 30 años de Esclava del SCJ y recordando dónde empezó esta “aventura”, hay algunos momentos que creo que fueron importantes y me ayudaron a tomar la decisión de seguir a Jesús.
Un primer encuentro: el retiro en silencio
Hice una vez un retiro de tres días, en silencio, con una docena de buenos amigos y un santo y muy paciente padre jesuita. ¡Era la primera vez! Todos nosotros éramos aún estudiantes universitarios iniciando nuestro camino de fe, y fue difícil estar en silencio y contener las risas y miradas de complicidad. Pero, poco a poco, los tiempos de oración, el ambiente de silencio y las Eucaristías me ayudaron a descubrir y “estar” con Jesús “como un amigo con su amigo”; a experimentar su amistad y el desafío de vivir mi fe de un modo más comprometido. Fue, sin duda, ya el inicio de una llamada que yo aún no comprendía. Después de ese retiro todos empezamos a implicarnos más en diferentes actividades y a desear formarnos y conocer más a Jesús.
La experiencia de comunión en Taizé
Otro momento importante fue una Pascua en Taizé, donde experimenté la universalidad de la Iglesia y la comunión con jóvenes de otras iglesias cristianas. Viviendo y compartiendo oración, reflexión y actividades diarias con gente tan diferente y de tantas nacionalidades, tantas lenguas, culturas… pero donde la escucha y acogida de cada uno tal como es, era tan real y sincera. ¡Aprendimos mucho unos de otros! Convocados por el mismo Cristo Jesús, que se entrega por amor, por cada uno de nosotros y nos desafiaba a responder a este mismo amor… con generosidad y confianza en su amistad. Al regresar, sentía una alegría profunda y, aunque no sabía aún cómo, me hizo dar otro paso: discernir el cómo y dónde responder a este Amor sin vuelta atrás, que me desafiaba a amar también así.
Pero después no todo fue tan lineal… y sentí también otros desafíos, experimenté algunas dudas, miedos… incertezas sobre si sería capaz de vivir para siempre así…
Vocación en marcha: voluntariado en África
Y por eso, un tercer momento fue importante para mí: un año de voluntariado en Santo Tomé y Príncipe, un pequeño país en el continente africano. Allí, viviendo en comunidad con un pequeño grupo, pusimos nuestros talentos y estudios al servicio de la Iglesia y comunidad local, ayudando en la pastoral, en la educación o en programas de desarrollo de las comunidades locales. Fue la misma experiencia de alegría profunda al compartir gratuitamente lo que era y sabía. No estando sola, sino en complementariedad con otros y otras… muy diferentes de mí, pero convocados por el mismo Jesús para un mismo fin: dar vida, ayudar a crecer, ¡compartir lo que habíamos recibido!
Dios llama en libertad… y siempre acompaña
En todos estos, y en muchos otros momentos… he experimentado y confirmado una y otra vez cómo Dios nos llama a seguirle en libertad, si queremos y cuando estamos dispuestas a ello; nos hace sentir una profunda alegría interior, que es capaz de vencer obstáculos presentes y miedos del futuro desconocido; y, principalmente, la certeza y confianza de que Él estará siempre, caminará con nosotras, y con su Espíritu nos inspirará la palabra y el gesto oportuno. No es por mis fuerzas y capacidades, por mis esfuerzos o por mi buen carácter… sino porque Él se ha empeñado en contar conmigo… y a través de mí, llegar a otros. Esto lo sigo creyendo y experimentando también hoy, cada día. Los desafíos cambian… pero su fidelidad y bondad… ¡no! Y en ellas pongo mi confianza. ¡Siempre!
Mi camino en la Congregación
Al regresar de ese año de misión entré en la Congregación de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús e inicié un largo tiempo de formación: noviciado, como tiempo de profundizar en la relación con Dios y también conocer el modo propio de vivir mi vocación como Esclava del SCJ; después, los estudios de Teología y algunos años participando ya de un modo más activo en diferentes apostolados.
Ser enviada a las periferias: Timor Leste e Indonésia
Después de la profesión perpetua, en 2003, fui enviada junto con otras hermanas a Timor Leste, donde se iniciaba una comunidad, ¡justo después de que este pequeño país se tornara independiente! Qué alegría ser parte de este renacer de esta nación, contribuyendo al crecimiento y desarrollo de un pequeño pueblo en la montaña, por entonces sin luz, red telefónica y con unas carreteras muy difíciles. Aquí fue en el campo de la educación y también en el apoyo a la Iglesia local donde se centró mi misión. Fueron 13 años de mucha alegría y de experimentar cómo Dios siempre va dando la gracia y la fuerza para seguir adelante, a pesar de las dificultades que también hemos encontrado en el camino.
¡Y Dios seguía desafiándome a partir de nuevo y no quedarme instalada! Después de Timor, un nuevo envío: una pequeña aldea de Indonesia, en la isla de Borneo. Esta vez, al cuidado de la Creación y a trabajar con pueblos indígenas. ¡Mucho habría que contar! ¡Cuántas aventuras! ¡Desde aprender lengua, cultura, costumbres… y cuánta belleza de la Creación! Y Dios estaba también allí esperándome.
Bueno… resumiría tanto recibido y vivido con estas palabras de san Pablo a los Efesios:
“Dios puede más, infinitamente más de lo que podemos pensar o imaginar”. (Ef 3,20).
¡Alabado seas, Señor!


