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Cinco horas en canoa hacia la Amazonía

¿Te imaginas despertar a las 4:45 de la mañana en un lugar sin luz eléctrica, donde el único camino para llegar es una canoa de cinco horas atravesando el río más caudaloso del mundo? Esa es mi vida ahora en Santa Clotilde, en plena selva amazónica peruana.

Después de hacer mis Votos Perpetuos en Italia y regresar a mi patria, Lima, recibí la misión que había soñado: servir en la Amazonía. Había escuchado las historias de mis hermanas que trabajaban allí, pero nunca imaginé lo que realmente significaría "ir más allá de las barreras". Te invito a acompañarme en este viaje.

El 5 de noviembre comenzó la aventura. Junto con nuestra superiora tomamos un vuelo de 45 minutos a Iquitos. Hasta ahí, todo parecía normal. Pero lo que vino después fue algo que jamás había experimentado.

A las 6 de la mañana del 7 de noviembre llegamos al puerto Ganso Azul. Allí nos esperaba el "Vichú", una pequeña canoa que sería nuestro único medio de transporte. Una hora cruzando el río Amazonas, luego un motocar por 15 minutos hasta Indiana, y después... más de 5 horas navegando por el río Napo.

¿Recuerdas cuando aprendiste a andar en bicicleta y sentías que perdías el equilibrio? Pues imagina eso, pero atravesando tablas angostas sobre una canoa en medio de la selva. Fue maravilloso y aterrador al mismo tiempo. El paisaje te deja sin palabras: la inmensidad del río, la selva a ambos lados, el cielo amazónico. Pero también entiendes que has dejado atrás todo lo conocido.

Mi jornada empieza a las 4:45 a.m. porque aquí la luz eléctrica no llega hasta las 5:10. Nos reunimos para rezar Laudes, meditar y celebrar la Santa Misa. Cuando no hay sacerdote, hacemos liturgia de la Palabra.

A las 7 de la mañana ya estoy en el hospital. Mi misión va mucho más allá de curar heridas o ayudar en el aseo personal. Aquí, la sanación más profunda viene de escuchar. Muchos pacientes han sido víctimas de explotación, han tomado caminos difíciles y ahora enfrentan las consecuencias. Solo quieren que alguien los escuche, que alguien vea su dignidad.

Te voy a ser honesta: la situación aquí es dura. Dengue, malaria, VIH, leptospirosis por roedores, mordeduras de serpientes, neumonías... Y niñas que a muy corta edad ya son madres.

El hospital está olvidado por el Estado. Nos faltan recursos básicos. A menudo debemos insistir para que trasladen a los pacientes más graves a Iquitos, pero muchos no resisten el viaje y mueren en el camino. Esa es una realidad que duele cada vez.

Día por medio visitamos hogares. Es impactante: familias sin un lugar digno donde dormir, sin una silla para sentarse, niños descalzos. Nos gustaría ayudar a todos, pero como dicen aquí, "es parte de su costumbre". Aunque esa frase no me consuela.

La luz se corta a las 2:00 p.m. y regresa a las 4:00 p.m., solo para apagarse nuevamente a las 11:00 p.m. ¿Calentar comida? Hay que planificarlo. ¿Alimentos? Los pequeños almacenes del pueblo no son suficientes y los precios son altísimos.

Podrías pensar: "¿Por qué no van a comprar a Iquitos?" Porque eso significa 5 horas en Vichú de ida, 5 de vuelta, más el costo del transporte. No es tan simple como ir al supermercado.

Los lunes, miércoles y viernes vienen niños a nuestra casa para apoyo en lectura y escritura. La educación aquí es muy limitada. Los jueves trabajamos con jóvenes que quieren aprender el verdadero significado de ser misionero.

Yo vengo de un lugar donde los niños no son muy expresivos con el afecto. Pero aquí en Santa Clotilde, días después de llegar, los niños me ven caminar por las calles, dejan lo que están haciendo y vienen corriendo a abrazarme en grupo.

Su sencillez, su pureza de corazón, la confianza que depositan en alguien recién llegado como yo... es algo que no puedo explicar con palabras. Supongo que es el fruto de la relación que tienen con mis hermanas que llevan años aquí.

Tuve la oportunidad de acompañar a un médico a una comunidad indígena: 3 horas más de viaje fluvial. Allí entendí algo: ir más allá de las barreras también significa aprender al menos una palabra en su lengua nativa.

Muchas personas hablan Murui, Quechua y otros dialectos. Cuando intentas decir algo en su idioma, por básico que sea, sus ojos se iluminan. Es un puente de respeto y cercanía que vale todo el esfuerzo.

Estoy feliz de estar aquí, en este pequeño paraíso que también es un lugar de inmensos desafíos. Esta es una nueva aventura en el camino de Dios.

Cada día entiendo mejor que las verdaderas barreras no son los 5 horas en canoa, ni la falta de luz eléctrica, ni el idioma, ni siquiera los recursos limitados. Las barreras más grandes están en nuestro corazón: el miedo a salir de la zona de confort, la duda de si seremos capaces, la pregunta de si vale la pena.

Te puedo asegurar que sí vale la pena. Porque aquí, en medio de tantas carencias materiales, he encontrado riquezas que nunca imaginé: la gratitud en los ojos de un paciente, el abrazo espontáneo de un niño, la confianza de una comunidad que te recibe como familia.

Espero dar todo lo que tengo y lo que soy para mi gente. Y descubrir, en el proceso, quién realmente soy yo.


Y tú, ¿qué piensas de las barreras que encontró Sor Sarah?

¿Te sientes disponible a seguir sus pasos, en el lugar donde te encuentras hoy?

¿Cuáles son tus barreras por atravesar?


Sor Sarah Navarro Vela es religiosa de las Hijas de San Camilo. Nació en Lima, Perú, y actualmente sirve en la misión de Santa Clotilde en la selva amazónica peruana.

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