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«Ya vienen a buscarme»

Jana Bobokova trabaja en Bratislava (Eslovaquia) como médico especialista en cuidados paliativos. Es también misionera idente consagrada. Su vida transcurre cada día allí donde se une el cielo y la tierra y donde medicina por la fe está iluminada.

Cuando sus pacientes le preguntan si el proceso de morir no se podría acortar, porque para qué sirve esperar hasta morirse,  Jana suele responder con honestidad:

«No sé exactamente qué está pasando ni para qué sirve ese tiempo. Pero me daría mucha pena, si ocurriera, que, al emprender su „primer vuelo” en el otro mundo, tuvieran que repararle las alas porque no les dio tiempo de terminar de crecer por completo.»

Para ella, morir y la muerte es «quizás simbólicamente algo parecido a cuando la oruga se hace capullo y de ahí nace la mariposa. El aspecto del capullo tampoco es bonito. No parece que dentro esté pasando algo hermoso. Pero la verdad es la que los ojos no ven: que a la mariposa le están creciendo las alas.» Se están terminando todos los preparativos para poder entrar bien en el Cielo.

Lo que más asusta no es la muerte

En su trabajo cotidiano, Jana ha llegado a una observación que la acompaña:

«Nuestros pacientes, en la mayoría de los casos, no le tienen miedo a la muerte. Lo que les da miedo es el camino.»

Y la medicina paliativa existe precisamente para acompañar ese camino, para hacerlo más llevadero: «Aprendemos a ver la muerte como algo natural. No intentamos adelantarla, pero tampoco retrasarla a toda costa.»

Dieciocho años y las alas ya listas

Entre todos los pacientes que Jana lleva dentro, hay un chico de dieciocho años. «Muy puro, transparente, inocente.» Cuendo venía a quimioterapia, su madre lo pasaba muy mal.

Jana estaba de guardia la noche en que murió. Había ido a verle por la tarde, cuando las enfermeras la llamaron porque le dolía el estómago.

«Hablamos. Me preguntó si se estaba muriendo. Fuimos acercándonos juntos a ese momento de despedida de este mundo, y él estaba completamente tranquilo. Cabeza muy clara, aunque ya casi no podía beber, ni comer, ni moverse en la cama.»

La madre describió después sus últimos momentos, de madrugada. De repente el chico le dijo: «Mamá, mamá, te quiero mucho, pero ya tengo que irme.» Ella preguntó: «¿Adónde? Si no puedes moverte de la cama.» Y él: «Ya vienen a buscarme.» Ella: «¿Quién? Si aquí no hay nadie.» Y el chico respondió: «La abuela y Jesús.» Ya los veía llegar.

«Para la madre», dice Jana, «eso quedó como algo muy tranquilizador. Está en un buen lugar, con la abuela. Casi de vacaciones. Pronto se verán de nuevo.»

El champán preparado

Otra historia que Jana comparte a menudo con pacientes y familias es sobre una mujer que llevaba ya tres días en agonía. En esta situación es casi imposible a que los pacientes recobren la consciencia. Sin embargo cuando Jana y su equipo salieron de la habitación, la paciente se despertó de repente y se incorporó. Los hijos, sorprendidos, le preguntaron: «Mamá, ¿quieres un poco de agua?»

«Yo ya solo bebo champán», respondió ella.

Luego cerró los ojos. Pocas horas después murió.

«El champán la esperaba en el banquete celestial», dice Jana. «¿Qué mejor podemos desear?»

Morir en éxtasis

Para Jana, todo esto tiene un hilo conductor. El dolor que acompaña el final de la vida, su inicio y al final todo su transcurrir, no es gratuito:

«Quizá todos los que hemos tenido experiencia con el dolor creo que percibimos en algún momento que, de alguna manera, es muy purificador, liberador de uno mismo, y relativiza muchas cosas que antes parecían importantes y de repente ya no lo son. Parece una experiencia inevitable en nuestra liberación, para poder volar, para no estar atados a algo que limita mucho nuestros horizontes.»

Y el horizonte, para ella, es claro: «El gran reto es morir en éxtasis — que ya no cabemos aquí, que este mundo se nos queda pequeño y necesitamos ir a un mundo más amplio, donde ya no hay límites.»

Su lugar en ese mundo, Jana lo entiende sencillo: «Manifestar el rostro de Dios donde estoy, donde él me envíe. Su bondad, su amor perfecto, sus simpatías hacia nosotros, su paz y alegría. Eso es más o menos todo.»

Autor
Instituto Id de Cristo Redentor

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