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«Tengo sed de ti»: una experiencia de encuentro en Marruecos

No me ha resultado fácil poner por escrito lo que viví estos días. Ha habido mucho que rumiar y lo que pasó necesita tiempo para asentarse, florecer y cobrar todo su sentido. Hace unos meses viví una experiencia muy especial: llegaba a Tánger agotado, desconectado de mi vida de fe, harto de la rutina… Sentía que Dios me pedía parar y vivir este tiempo a su lado. Y me lo hizo ver ya el primer día en aquella ciudad.

Con los Misioneros Javerianos, en Marruecos se celebran cada año las llamadas Pascuas del Encuentro: días intensos de oración, convivencia y servicio en los que jóvenes y misioneros compartimos la vida en una tierra de mayoría musulmana. Son ocasiones preciosas para encontrarnos en fraternidad con hermanos y hermanas musulmanes, aprender a mirarnos a los ojos sin miedo y crear puentes de amistad y de paz. En ese contexto, Tánger se convirtió para mí en un lugar de paso… pero también de profunda revelación.

Siempre he creído en los milagros. En esos momentos de la vida en los que uno tiene la convicción de que, pese a su omnipotencia y omnipresencia, Dios está a su lado, como si por un instante pusiera en espera al resto de la humanidad para darte el abrazo que necesitas. Como una madre que, entre diez hijos, abraza al pequeño que lo está pasando peor.

Ese primer día visitamos una obra de las Misioneras de la Caridad. Allí leí una oración y —con cierto narcisismo— sentí que estaba escrita para mí. Por dentro me brotaba un agradecimiento sereno. Paz, porque a través de esas palabras tenía la certeza de que estaba donde tenía que estar. Y también un toque de humor, pero un humor lleno de satisfacción. Con solo un “Tengo sed de Ti” me lo dijo todo.

Con esa “colleja” en el alma comenzaba esta experiencia. Esa sed de Dios marcó todos aquellos días: la sed de un Dios que muere en la cruz pidiéndonos que lo demos todo, hasta la última gota de nuestra vida, por aquello que nos mantiene unidos a Él. Y creo que no podía haber lugar más adecuado para sentir esto.

Porque es fácil dar la vida por ese amigo en el que tanto confías y al que consideras como un hermano de sangre. Es fácil entregarse a esa madre que vive contigo y a la que agradeces todo lo que ha hecho por ti. Pero las dudas aparecen cuando te encuentras con ese hermano musulmán al que las noticias señalan como alguien en quien no confiar; que crece en una cultura distinta, con tradiciones que algunos perciben como amenaza; esa persona que no cree en tu Dios…

Precisamente ahí me dice Dios que tiene sed de mí. Y, con el paso de los días, lo veo cada vez más claro. Dios quiere que exprimamos nuestras vidas, que este don tan precioso no se vuelva algo mediocre, destinado al conformismo de una existencia “tranquila” pero cerrada. En el hermano musulmán descubro que nuestras muchas, pero pequeñas, diferencias quedan eclipsadas por el amor. Ese amor al prójimo que sostiene la verdad profunda de nuestras religiones. Dios me pide que aprenda a amar, que entienda que —como dijo Christian de Chergé— “el corazón del otro es un lugar sagrado”. En un mundo de guerras, injusticias y corazones convertidos en piedras, el mensaje de Dios no puede ser más oportuno.

Durante esos días confirmé que el diálogo, nacido del respeto más humilde, es la herramienta decisiva para entender que también en el hermano musulmán puedo ver a Dios. Un diálogo que empieza con la palabra, pero que se hace verdaderamente humano en los gestos, en las sonrisas, en las miradas compartidas.

Viví muchas experiencias que todavía hoy se me vienen a la mente acompañadas de una mezcla de nostalgia y alegría. Conocí a personas concretas que hicieron única esta experiencia: rostros, historias y nombres que siento que Dios ha puesto en mi camino para darme luz en el momento justo. De todo eso solo me nace una palabra: gracias. Gracias y cariño.

Para terminar, quiero recordar las palabras del recién elegido papa León XIV en su discurso inaugural:

“Construyamos puentes con el diálogo, con el encuentro, uniéndonos todos para ser un único pueblo siempre en paz”.

La muerte del papa Francisco nos golpeó a todos. Aquel lunes de Pascua, después de celebrar la resurrección de Jesús en nuestras vidas, el mundo entero se estremecía con la noticia de su fallecimiento. A tanta guerra, tanto odio y tanto rencor se sumaba también este dolor. Sin embargo, en medio de ese clima de miedo e incertidumbre, León nos llamó a la unión, a la construcción de puentes.

Creo que esa llamada será la piedra angular sobre la que se construya su pontificado. Y, más aún, creo que es la roca sobre la que se sostendrá la esperanza de un futuro en paz. En pequeño, eso fue para mí esta experiencia de encuentro en Marruecos: una escuela de puentes, un lugar donde Dios me susurró de nuevo: “Tengo sed de ti… y de todos tus hermanos”.

Testimonio de Ignacio Bravo Paños

Autor
Misioneros Javerianos en Marruecos

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