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Entre kanjis y milagros: Testimonio desde la misión en Japón

Han pasado nueve meses desde que llegué a Japón. Es mi primera misión fuera de Perú y, aunque en muchas cosas todavía me siento extranjera, empiezo a reconocer que este tiempo me está llevando a un lugar interior que no había previsto.

No ha sido un camino lineal. Hay días luminosos y otros más áridos. Momentos en los que siento que todo tiene sentido y otros en los que me pregunto qué querrá Dios conmigo aquí, tan lejos de lo que conocía, tan lejos también de una versión de mí misma que se sentía más segura.

Japón no se deja comprender fácilmente. El idioma, los silencios, la distancia, incluso la forma de relacionarse, me obligan a empezar desde cero. Y quizá por eso esta misión no me está pidiendo tanto hacer cosas, sino aprender a estar, a permanecer incluso cuando no entiendo del todo.

Una de las experiencias que más me ha marcado ha sido conocer a sacerdotes muy mayores que siguen en plena misión. Algunos tienen 80, 90… incluso 96 años. No porque todo les resulte fácil, sino porque siguen disponibles. Caminan despacio, celebran con cuidado, escuchan con una paciencia que no busca resultados. No hay muchos más. Son los que hay. Y siguen entregándose.

Entre ellos se organizan para cubrir misas en distintas parroquias y en varios idiomas. En algunos lugares, la misa en español se celebra una vez cada dos meses. Para quienes participan, no es un detalle menor. Es un momento esperado, sostenido con una fidelidad que conmueve.

Hace poco viajamos a la ciudad de Ota. Seis horas entre ida y vuelta. Antes de salir pensé que quizá era demasiado. En el camino se unió una religiosa española de 86 años. Llegó a Japón hace apenas dos años. Ha pasado por el cáncer dos veces y ahora cuida a sus hermanas mayores, todas japonesas, varias en silla de ruedas. Durante el día las atiende; por la noche estudia japonés para poder comunicarse mejor con ellas.

Mientras la escuchaba, no sentí admiración heroica, sino algo más profundo: una mezcla de gratitud y de pregunta. ¿Qué sostiene una vida así? ¿Qué hace posible seguir entregándose cuando todo parece invitar al descanso?

Al llegar, nos esperaba una pequeña comunidad internacional. Personas que habían viajado muchas horas solo para participar en la Eucaristía en su idioma. La misa fue sencilla. Sin grandes palabras. Y, sin embargo, los rostros hablaban de pertenencia, de consuelo, de una fe que no se apoya en lo evidente.

Después, en el compartir, una mujer contaba cuánto agradecía poder escuchar la Palabra en español, aunque fuera una vez al mes. Le preocupaba que esas misas se suspendieran por ser tan pocos. Para ella, rezar en su lengua era una forma concreta de sentirse acompañada.

Un hombre portugués compartía que al inicio iba a misa solo porque su esposa insistía. No entendía bien el idioma, no tenía acceso a catequesis en portugués y acercarse a Dios se le hacía difícil. Su esposa decidió no rendirse. Empezó a estudiar el Evangelio para explicárselo, poco a poco, sin forzar. Él decía que no sabía en qué momento algo cambió por dentro. Solo sabía que ahora iba por decisión propia.

También la catequesis aquí me desarma. Una niña me preguntó un día qué es la Iglesia. Y quién es Dios. Nunca antes había tenido que empezar tan atrás. No hay respuestas rápidas para preguntas así. Pero cuando veo cómo se iluminan sus ojos al descubrir que tienen un Padre que las ama, recuerdo algo muy simple y muy hondo: yo también sigo aprendiendo quién es Dios para mí.

En medio de todo esto, terminé hace poco el nivel Básico 2 de japonés. Fueron semanas exigentes, con muchas horas de estudio y una cierta sequedad interior. Me pregunté varias veces por qué Dios me había traído hasta aquí, tan lejos de un ámbito donde podía enseñar, investigar y sentirme útil.

Al día siguiente de recibir los resultados, comencé un voluntariado con personas japonesas y chinas que no tienen un lugar donde vivir o que han sido abandonadas por sus familias. Entre todas las tareas posibles, me asignaron lavar los pies.

Durante horas permanecí en silencio, en cuclillas. Lavé pies, corté uñas, limpié callos, hice pequeños masajes. Los ancianos se disculpaban constantemente. A veces el proceso era doloroso, y entonces empezamos a conversar. Gracias al idioma aprendido, y a mucha paciencia, podía entenderlos. Nos reímos. Compartimos historias.

Al terminar, estaba físicamente agotada, pero interiormente muy tocada. Sentí con claridad cuánto bien me habían hecho ellos a mí.

Recordé entonces a mi abuelo, que falleció hace un año y a quien no pude acompañar en su enfermedad. Y comprendí, sin poder explicarlo del todo, que Dios me estaba regalando aquí la posibilidad de cuidar a otros padres, a otros ancianos, de una forma que no había imaginado.

¿Alguna vez has sentido que Dios te lleva por caminos que no entiendes? ¿Qué experiencias inesperadas te han ayudado a descubrir su presencia de una forma nueva?

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